jueves, 2 de agosto de 2007

Die Entdeckung der Langsamkeit....

Me duele un ojo. La verdad es que es bastante normal que me duela, aunque sólo sea porque tiene un color tirando a bermellón que preocupa. Y yo, que creo, quizás algo ingenuamente, que para estas cosas es mejor no forzar la vista, he aterrizado de mi viaje siciliano para dar con mis huesos en una revisión documental que quita el hipo y que va a pulverizar, no ya la jornada intensiva que yo me prometía tan feliz, sino también lo que me queda sano del ojo izquierdo. ¡Y yo con estos pelos!

Ya dijo Marisol –ahora Pepa Flores- que la vida es una tómbola. Yo, señores, desde aquí, dejo de comprar boletos porque, ¡madre mía!, me ha debido mirar un tuerto. Con este arranque de buena suerte que tengo desde hace unos seis meses, casi mejor me apeo de la burra, no vaya a ser que, descoyuntado como viajo ya por el destartalado trote de esta pollina, salga encima despedido de la grupa en una curva, y me cocee además la borrica después de dejarme, en la caída, los sesos estampados en un canto.

No, no, amigos. No exagero. Y ya saben, la mayoría, que lejos de ser andaluz, soy castellano, aunque de los simpáticos. Lo que pasa es que mi vida es cada vez más supercalifragilísticaexpialidosa. Tanto, pero ¡tanto! que hace tiempo que pienso con añoranza en Bruselas, soñando que allí –ay de mí- vivía mejor.

Y, hombre, mejor vivía, cierto es, en muchos aspectos; pero el que me conoce bien sabe que, a mí, los belgas, me ponen un poquito de los nervios, porque no acierto a entender de qué está hecho el serrín que llevan en la cabeza. Imagine pues, el lector, cómo de harto habré de estar de este giro de mi fortuna si ando melancólico de mis flamígeros y felizmente pretéritos tiempos.

¡Gran deporte español, éste de quejarse! Pero, ¿y lo que se ahorra uno en psiquiatra?

Ya ni Chopin me calma, ¡qué pena! Y este calor... este calor que le chupa a uno las fuerzas... hay que hacer verdaderos esfuerzos, en días como hoy, para mantener la moral al nivel que se necesita. ¡Ay, mi ojo! Con lo ricamente que estaría yo ahora, en un lugar fresquito, en París, en otoño, o en Buenos Aires mismamente, ahora que allá es invierno, y es un lugar que no conozco, dando un paseo; en silencio, o con alguien que me hable quedo y de nada demasiado mundano, que me hablase de las cosas del alma, despacito, un poco como le hablaba Rilke a Kappus.

Nada de papeles, nada de teléfonos. Sin calores y sin prisas. Una mano y el viento. Y los ojitos cerrados y, quizás, algo de lluvia fina. Así quizás me doliera también algo menos este ojo. Desde luego, me dolería menos el alma. Y eso ya sería mucho.

Vosotros cuidaos mucho, que sois el futuro.

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