La vida es tremendamente cruel. Cruel porque es rematadamente bella, pero extremadamente efímera y frágil.
Estoy desolado.
Tengo una amiga, 25 años, a la que han descubierto un linfoma inoperable de 13 centímetros entre ambos pulmones. Ella es inteligente, divertida y bellísima. Y está enamorada. Y acaba de echar a andar por esta senda ¿larga? para la que tanto y tan duramente nos preparamos todos, estudiando durante más de dos décadas, planificando una boda que anhela hace ya años, soñando, en fin, la vida que ahora se abría ante ella… Está llena de fe y no desfallece, aún después de que le hayan afeitado –ahimè- su rubia y larguísima melena. Es todo un ejemplo de ganas de vivir, y de cómo vivir. Y, aunque nos dicen que es posible que salga adelante, que responde bien al tratamiento, es muy posible que no viva mucho.
Decidme: ¿cómo se puede mantener la fe cuando la vida te golpea de semejante manera? ¿Cómo puedes, cuando estás ebrio de vida, cuando sientes intensamente, cuando todo te llena y finalmente respiras, asimilar que estás muriendo? No tengo respuesta. Sólo llanto. Mucho llanto. Y, aunque rezo, no estoy seguro de tener fe… porque no creo, en realidad, que vaya a reponerse.
Y yo, que os hablo de bobadas como mi silencio desvanecido, mi cansancio, ¡mi hastío!... ¿cómo puedo estar tan ciego? ¡Pero qué estúpido! Yo, que soy aún capaz de mirar adelante y esperar, yo que lloro aquí sentado, yo que vivo a raudales aunque en este pozo momentáneo a veces se me olvide, yo… ¿cómo puedo hablar de hastío? Yo, incluso así, incluso gris y plomado, siento amor sin estar enamorado, y respiro y me embriago de olor a tierra mojada y viento fresco bajo tormentas como la que ayer me tuvo despierto toda la noche, asomado a la ventana. Yo, que oigo música con sólo cerrar los ojos y encuentro en mil palabras el sosiego que me falta, yo… yo soy un bobo que olvida; un bobo que descuida su jardín y se oxida…
Perdonadme todos. Perdí la perspectiva. Y ahora, aunque sea a través del dolor de lo que adivinamos irreparable, recupero la intensidad de un sentimiento que me aferra a la vida. Nadie piense que es miedo de que me ocurra lo mismo, lo que me ocupa; no… Pero un dolor intenso, una punzada… el llanto, me recuerdan con violencia lo vivo que estoy, en realidad, bajo el moho… El dolor es también un ancla tremenda a la vida. ¡Lo inerte no tiene aflicciones!
Y me doy cuenta de que, el tiempo que estamos aquí es un tiempo en el que no deberíamos olvidar, ni tan siquiera un instante, precisamente eso: que estamos aquí, que somos, y que esto es un maravilloso y efímero regalo al que ofendemos al amputarnos la capacidad de sentir.
He sido necio… necio por olvidar, en todos los sentidos, esto que yo tenía tan bien aprendido –o quizá no tanto- No tenía –no tengo- derecho a olvidarme de que estoy vivo…
Permitidme, ahora, que llore mi llanto solo… os dejo los versos con los que Alberti tan lúcidamente pintó lo que yo quisiera poder escribir. Vosotros cuidaos mucho. ¡Más que nunca! sois, ¡y no sabéis cuánto!, el futuro.
Dejadme llorar a mares,
Largamente como los sauces.
Largamente y sin consuelo.
Podéis doleros…
Pero dejadme.
Los álamos carolinos
Podrán, si quieren, consolarme.
Vosotros… Como hace el viento…
Podéis doleros…
Pero dejadme.
1 comentario:
Totalmente desconsolador, y lo mejor es expulsar la pena, aunque parezca infinita... pero recuerda, como decía mi abuela: "Los seres humanos nos entristecemos y preocupamos más por las cosas que PODRÍAN pasar que por las cosas que realmente pasan".
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