Perdonad la ausencia. Me fui de viaje. A Sicilia, una temporadita, que falta me hacía una pausa. La he recorrido entera y, creedme que es decir mucho, que la isla es tan grande como Bélgica, y hay mucho que ver. Y sí, he pasado calor bajo mi Stetson, pero he disfrutado mucho, comido bien y leído buenos libros. ¿La espina? Bueno: hay varias, pero la peor es no poder haber visto una de Rossini en el Teatro Massimo de Palermo; Sold out, those bloody tickets.
Y sigo. Sigo sin encontrar el silencio. No sé dónde lo dejé, la verdad; ni cuándo. Es cruel, además, este intervalo, porque a veces, fugazmente, lo escucho sin poder aferrarlo; lo siento en un momento, detrás de algún objeto, o agazapado en una nota sostenida, pero sin llegar a poder tocarlo. Aguzo el oído, y la vista, pero no me alcanzan… No. No sé qué pasó, ni cuándo, pero se me calló el silencio en algún punto.

Recuerdo oírlo latir, impetuoso, hace no mucho, apenas hace un año, encerrado en mi Fiat Punto, en la forma de las sublimes Façades de un Philip Glass glorioso, por los campos de Baviera, ocres de agosto en la retina; también a los pies de la imperiosa efigie de Smetana, a orillas del Moldava, mientras daba cuenta de un tonic&gin bien frío, asido a mi lapicero y mi cuaderno, el sol detrás de San Vito; en besos apagados también, más tarde, incluso si eran exentos los besos, o apócrifos –también existen esos besos, los apócrifos, y también en ellos hay, a veces, silencio a raudales-
No hace mucho, por tanto, de aquello. ¿Dónde se me quedó el silencio, si ya en Nubia no lo llevaba conmigo? Quiero poder oírme respirar, en el fondo. Poder mirar a una mujer como Antonio Dorigo miraba a Laide en el Teatro alla Scala, o a sus compañeras; sentirlo, sentir cada cosa como lo cuenta Buzzati, como lo sentía antes. Antes. Antes no sé muy bien de qué… Antes.
No me entendáis mal. No estoy triste. Es como si ni siquiera fuera capaz de estar triste [No quiero ver el Otello, por si no lloro. Y eso sería como amputarme algo tan mío como un dedo.] Con esto quiero decir que no necesito apoyo emocional, ni soulagement de ningún tipo. Es, sencillamente, como si se hubiese secado el río y me hiciera falta una buena e intensa estación de lluvia... Pero, ¡hey! Quizás después del chaparrón vuelva a oler a tierra mojada por aquí, y vuelva a oírse palpitar el suelo. Como veis, incluso así, mi vaso está, como siempre, medio lleno. No hay de qué preocuparse. Además: sigo rezando, y eso es buena señal. Mueve montañas, dicen.
Cuidaos mucho, que sois el futuro.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario