sábado, 18 de agosto de 2007

Improductivo... ma godendo

Hola a todos.

Iba a deciros que llevo toda la mañana tocando la guitarra en plan vago, pero eso sería poco legítimo. Yo, en realidad, no toco la guitarra. La rasco y la pellizco como puedo, heterodoxamente, hasta que la hago sonar lo suficiente como para acompañar una voz que ya no es lo que fue –ni de lejos-

Toda la mañana tocando Why Worry bien se corresponde con este revival tremendo de los Dire Straits que estoy atravesando. Ya sabéis que lo mío es la coherencia. No me salen los punteos ni de lejos como a Knopfler, pero la verdad es que, para el que no me haya oído cantar antes –y pueda comparar con aquello- supongo que suena bien.

Más cosas. Debéis perdonar que haya venido poco por aquí en los últimos días, pero es que tengo mucho trabajo –si, hijos, si… incluso en agosto el pobre Ludwig tiene mucho trabajo; ¡y más que voy a tener!- y por la tarde, cuando llego a casa, me pongo a escribir en el Moleskino, a mano, de suerte que no me queda tiempo para mucho más.

Voy compaginando, además, el segundo volumen de Los Gozos y las Sombras con un extraordinario y picciolino libro de Rainer Maria Rilke que me está encantando: A lo largo de la vida; y es que, veréis: me he hecho una lista de los libros que hay en mi estantería y que están aún por leer. Y son, entre pitos y flautas, y sin contar un compendio de escritos inéditos de Calvino, cincuenta y cuatro libros [varios en dos y tres volúmenes, como Fortunata y Jacinta] Esto, queridos amigos, sumado a mi avidez relectora [ya sabéis que me encanta releer favoritos, y pronto tocan las Grandes Esperanzas –de nuevo- y Cien Años de Soledad] junto a cuatro libros que me han prestado [entre los cuales uno de Mariolina Venezia que, según referencias, es maravilloso, y que muero por leer] es, simple y llanamente, una barbaridad. Por favor: ¡que nadie me regale libros! Nunca conseguiré leerlos todos, si seguimos así.

Debo, a lo largo del día, reunir la suficiente fuerza como para levantar mi cuerpo de este sillón e ir a la compra. Luego tengo que hacer un tiramisú, para complacencia de algunos que insistentemente me persiguen, salivando como perros pavlovianos. En fin: todo sea por complacer paladares. En realidad, es puro afán de quejarme: me encanta pasarme una tarde entre pucheros, ya lo sabéis. Ya os contaré qué tal queda.

Es muy posible que quede con un buen amigo esta tarde, aunque como sale de viaje mañana, debo esperar su confirmación. Si al final nos vemos, lo pasaremos bien. Tengo muchas ganas de verlo y de que me cuente. Acaba de volver de la Gran Manzana y, la verdad, lo veo fascinado –no me extraña: ¡es una ciudad magnífica!-


Como veis, no tengo grandes cosas que contar, ni profundas reflexiones de las que haceros partícipes. Os haré, eso sí, antes de marcharme, una recomendación musical, para los que gusten de la buena música clásica, y del piano [Pé: créeme que este te va a gustar]: Zbignew Preisner [el de la foto: uno de mis músicos vivos favoritos] tiene en el mercado un disco que se llama 10 easy pieces for piano del que, además, es fácil encontrar partituras. Una extraña mezcla entre Satie, Bartòk y la propia música a la que Preisner nos tiene acostumbrados. Una auténtica maravilla, tipo Gymnopédies con momentos de Nyman… no sé: es algo especial. Mi raccomando.

Sin más, je vous salue.

Cuidaos mucho, que sois el futuro.

martes, 14 de agosto de 2007

On every street

Esta canción es demasiado buena como para que caiga en el olvido... esa voz Knopfler, "and it's your face I'm looking for on every street", con solo de guitarra incluido al final... ¡qué tiempos! Me rechifla esta canción. Bueno: me rechifla el disco entero, me rechiflan ellos. ¡Y me rechifla todo lo que hicieron!

"There's gotta be a record of you some place
You gotta be on somebody's books
The lowdown - a picture of your face
Your injured looks
The sacred and profane
The pleasure and the pain
Somewhere your fingerprints remain concrete
And its your face I'm looking for on every street

A ladykiller - regulation tattoo
Silver spurs on his heels
Says - what can I tell you as Im standing next to you
She threw herself under my wheels
Oh its a dangerous road
And a hazardous load
And the fireworks over liberty expode in the heat
And its your face I'm looking for on every street

A three-chord symphony crashes into space
The moon is hanging upside down
I don't know why it is I'm still on the case
Its a ravenous town
And you still refuse to be traced
Seems to me such a waste
And every victory has a taste that's bittersweet
And it's your face I'm looking for on every street
"

Hmmmm.....

Besos y cuidaos mucho, que sois el futuro.

sábado, 11 de agosto de 2007

Un amore

Hola a todos.

El otro día, un tanto veladamente, os hablaba de un libro espléndido: una de las joyas del XX italiano del que me quedé con ganas de haceros participar, reproduciendo uno de mis pasajes favoritos. No pegaba mucho en el contexto del otro día una interrupción semejante, por lo que opté por dejarlo como estaba. Pero ayer, sentado en mi sofá, me vino a la mente el libro y decidí buscar este trozo mío favorito y releerlo.

Os lo reproduzco aquí, por hermoso. De nuevo, original y traducción [mía –disculpad-] Es una de las grandes verdades de esta vida y, para mí, que paso por la vida de esta manera tan intensamente contemplativa, fue una auténtica revelación. Confío en que os guste.

“Eppure anche a cinquant’anni si può essere bambini, esattamente deboli smarriti e spaventati come il bambino che si è perso nel buio della selva. L’inquietudine, la sete, la paura, lo sbigottimento, la gelosia, l’impazienza, la disperazione. L’amore! [...]

Di colpo egli capì ciò che dicevano, capì il significato del mondo visibile allorché esso ci fa restare stupefatti e diciamo “che bello” e qualcosa di grande entra nell’animo nostro. Tutta la vita era vissuto senza sospettarne la causa. Tante volte era rimasto in ammirazione dinanzi a un paesaggio, a un monumento, a una piazza, a uno scorcio di strada, a un giardino, a un interno di una chiesa, a una rupe, a un viottolo, a un deserto. Solo adesso, finalmente, si rendeva conto del segreto.

Un segreto molto semplice: l’amore. Tutto ciò che ci affascina nel mondo inanimato, i boschi, le pianure, i fiumi, le montagne, i mari, le valli, le steppe, di più, di più, le citta, i palazzi, le pietre, di più, il cielo, i tramonti, le tempeste, di più, la neve, di più, la notte, le stelle, il vento, tutte queste cose, di per sé vuote e indifferenti, si caricano si significato umano perché, senza che noi lo sospettiamo, contengono un presentimento d’amore.

Quanto era stato stupido non essersene mai accorto finora. Che interesse avrebbe una scogliera, una foresta, un rudere se non vi fosse implicata una attesa? E attesa d che, se non di lei, della creatura che ci potrebbe fare felici? Che senso avrebbe la valle romantica tutta rupi e scorci misteriosi se il pensiero non potesse condurci lei in una passeggiata del tramonto tra flebili richiami di uccelli? Ch senso la muraglia degli antichi faraoni se nell’ombra dello speco non potessimo fantasticare di un incontro? E l’angolo del borgo fiammingo che ci potrebbe importare, o il caffè del boulevard o il suk di Damasco se non si potesse suporre che anche lei un giorno vi passerà, impigliandovi un lembo di vita? E l’erma cappelletta al bivio col suo lumino perchè avrebbe tanto patos se non vi fosse nascosta un’allusione? E a che cosa allusione se non a lei, alla creatura che ci potrebbe fare felici?

Pensò alla finestra solitaria illuminata nella sera d’inverno, alla spiaggia sotto le rocce bianche nella gloria del sole, al vicolo inquietante e sghembo nel cuore della vecchia città, alle terraze del grand hotel nella notte di gala, ai fienili, al lume della luna, pensò alle piste di neve nel mezzogiorno di aprile, alla scia del candido transatlantico illuminato a festa, ai cimiteri di montagna, alle biblioteche, ai caminetti accesi, ai palcoscenici dei teatri deserti, al Natale, al barlume dell’alba. Dovunque c’era nascosto il pensiero inconfessato di lei, anche se non sapevamo neppure chi fosse.

Quanto meschina sarebbe, di fronte a un grande spettacolo della natura, la nostra esaltazione spirituale se riguardasse soltanto noi e non potesse espandersi verso un altra creatura.

Perfino le motagne che egli aveva intensamente amato, le nude scabre inospitali rupi in apparenza così antitetiche alle cose d’amore adesso assumevano un senso diverso. La sfida alla natura selvaggia? Il superamento dell’io? La conquista dell’abisso? L’orgoglio della vetta? Che spaventosa cretineria sarebbe, se consistesse solo in questo. Difficoltà e pericoli diventerebbero ridicolmente gratuiti. A lungo egli aveva meditato al problema senza riuscire a risolverlo. Adesso sì. Nell’amore per le montagne si annidava clandestnamente un’altro impulso dell’animo.”

"Sin embargo, también cuando se tienen cincuenta años se puede ser niño, igual de débil y de extraviado que el niño que se ha perdido en la oscuridad de la selva. La inquietud, la sed, el miedo, el terror, los celos, la impaciencia, la desesperación. ¡El amor! [...]

De un golpe él entendió lo que decían, entendió el significado que tiene el mundo visible cuando nos hace quedarnos estupefactos y decimos “qué bello” y algo grande entra en nuestro ánimo. Toda la vida había vivido sin sospechar su causa. Tantas veces había permanecido admirado ante un paisaje, un monumento, una plaza, una fugaz mirada a una calle, un jardín, el interior de una iglesia, un precipicio, un sendero, un desierto. Sólo ahora, finalmente, se apercibía del secreto.

Un secreto muy simple: el amor. Todo aquello que nos fascina del mundo inanimado, los bosques, las llanuras, los ríos, las montañas, los mares, los valles, las estepas, y más, y más, las ciudades, los palacios, las piedras, y más, el cielo, las puestas de sol, las tormentas, y más, la nieve, y más, la noche, las estrellas, el viento, todas estas cosas, de por sí vacías e indiferentes, se cargan de significado humano porque, sin que lo sospechemos, contienen un presentimiento de amor.

Qué estúpido había sido por no darse cuenta hasta ahora. ¿Qué interés tendrían un acantilado, un bosque, unas ruinas, si no implicasen una espera? ¿Y espera de qué, si no de ella, de la criatura que podría hacernos felices? ¿Qué sentido tendría un valle romántico, lleno de perspectivas y acantilados misteriosos si el pensamiento no pudiese conducirla a ella hasta allí en un paseo al ponerse el sol, entre suaves reclamos de pájaros? ¿Qué sentido la muralla de los antiguos faraones si en la sombra de la caverna no pudiésemos fantasear con un encuentro? Y el rincón del burgo flamenco, ¿qué nos importaría?, ¿o el café del bulevar, o el suk de Damasco, si no pudiésemos suponer que ella también, un día, pasaría por allí, hurtándonos un retazo de vida? Y la capillita solitaria en el cruce de vías, con su lucerna, ¿por qué tendría tanto pathos si no hubiese en ella escondida una alusión? ¿Y alusión a quién, si no a ella, la criatura qu podría hacernos felices?

Pensó en la ventana solitaria iluminada en una tarde de invierno, en la playa bajo las rocas blancas al calor del sol, en la calleja inquietante y tortuosa en el corazón de la vieja ciudad, en las terrazas del gran hotel en la noche de gala, en los establos, en la luz de la luna, pensó en las pistas de nieve de un mediodía de abril, en la estela del blanco trasatlántico iluminado para una fiesta, en los cementerios de montaña, en las bibliotecas, en los caminitos encendidos, en los proscenios de los teatros desiertos, en la Navidad, en la claridad del alba. En todas partes estaba escondido el pensamiento inconfesable de ella, incluso si no sabíamos ni siquiera quién era.

Qué mezquina sería, frente a un gran espectáculo de la naturaleza, nuestra exaltación espiritual, si fuera tan sólo para nosotros y no pudiese expandirse hacia otra criatura.

Hasta las montañas que él había amado intensamente, los escabrosos barrancos inhóspitos en apariencia tan antitéticos de las cosas del amor, ahora adquirían un sentido distinto. ¿El desafío a la naturaleza salvaje?, ¿la superación del yo?, ¿la conquista del abismo?, ¿el orgullo de la cima? Qué horrenda estupidez sería si consistiese tan sólo en eso. Dificultades y peligros devendrían ridículamente gratuitos. Largo tiempo había meditado sobre el problema sin llegar a resolverlo. Ahora sí. En el amor por las montañas anidaba clandestino otro impulso del alma.”

Dino Buzzati: Un Amore

Confío en que os haya gustado.

Muchas felicidaes, Pé, querida. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS! Y sonríe siempre, y mira a tu alrededor, y respira y siente el aire frío. Los silencios del alma estos que nos sobrevienen son pausas necesarias para no morir de un exceso de vitalismo. Mira hacia adentro y mándame una carta larga, larga, de esas en las que no se escribe mucho, pero se dicen muchas cosas, ¿si?.

Cuidaos todos mucho, que sois el futuro.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Hojas...

Si, aplicando una muy sobada metáfora, todos nosotros fuéramos como hojas en el viento o, más bien, quizás, y según está la vida, a lomos de un violento huracán, me pregunto qué tipo de hoja me tocaría en suerte ser.

Supongo que, como las hojas, las personas somos únicas, y de mil tipos diferentes. No es lo mismo la espinosa y dura hoja de una encina, de un verde casi gris y una textura acartonada e inerte, que la frondosa y aromática hoja de una higuera en verano. Y es que, la morfología de cada hoja, como la de cada persona, depende del tipo de árbol del que provenga, de si ha recibido mucha o poca luz, de la edad del árbol y del grado de maduración de la propia hoja: de si envejece bien o mal –perennes, por desgracia, no somos ninguno- Además, si el árbol tuvo parásitos, o enfermedades, también se notará en la hoja y, claro, tampoco será lo mismo la hoja de un árbol de ciudad que la de un árbol de un bosque virgen…

Las personas somos, en este sentido, variados como las hojas: somos altos, bajos, guapos, feos, rubios, morenos o pelirrojos, pero también, y sobre todo: buenos o malos, sanos o envidiosos, grises o coloridos, finos o espesos, suaves o groseros, calmantes o urticantes, y un largo etcétera de apellidos más o menos botánicos, y no siempre ordenables en binomios contrapuestos.

Miles de millones de formas, colores y propiedades, además de la condición de cada uno, hacen que, muy probablemente, no haya dos hojas iguales, como no hay dos personas iguales o, por mucho que se diga, dos gotas de agua iguales. ¿Dónde quiero llegar, os preguntaréis? Pues a una aturullante reflexión: si somos todos tan distintos, ¿cómo es que nos sentimos todos iguales?, ¿de dónde sale esta masa de uniformidad gris?, ¿por qué esa rematadamente estúpida idea de agruparnos en tribus homogéneas, a fuerza de querer escapar, en una desesperada huida hacia adelante, de lo que podríamos llegar a ser si nos desarrolláramos? Tú eres punky, yo soy pijo, tú eres grunge y yo soy heavy y, estés en la tribu que estés, todos somos igual de grises e igual de cretinos… igual de heterogéneamente homogéneos... o igual de homogéneamente heterogéneos.

Veamos: quien pasease por un parque en otoño caminaría, probablemente –y sobre todo si vive en Bruselas, donde no recogen las hojas- sobre un magnífico tapiz de mil millones de tonos de amarillo, rojo y verde en el que la variedad de formas y tamaños resultaría, al observador minucioso, fascinantemente rica. Sin embargo, si nuestro incauto y distraído paseante resultase interpelado con un “amigo mío, ¿qué ve usted?”, éste respondería, sin duda alguna: “hojas, ¿por qué me lo pregunta?” Así, no sólo no sabría decirnos qué hojas, ni de qué colores, está viendo, sino que, además, el motivo de nuestra pregunta le resultaría curioso, por absolutamente irrelevante. Total, ¿a quién le puede importar lo que cada uno ve en un montón de hojas?

El caso es que lo inconsciente de esta idea penetra –ha penetrado- en el inconsciente colectivo humano. ¡En cada poro! No sólo buscamos nuestra identidad en colectivos más o menos homogéneos, de manera que podamos decirnos, la cabeza en la almohada, “yo soy tal, o yo soy cual”, sino que, para mayor tristeza, esto no nos ayuda en absoluto a encontrarnos –quizá, tan sólo, a algunos, a sentirse más seguros, menos a la merced de la pavorosa tormenta de la que os hablaba al principio-

Hay, en esta sociedad occidental en la que vivimos, con carácter general, una gran falta de valores, enormes cantidades de aburrimiento e irreflexión y, finalmente, montañas inmensas de insatisfacción. El ritmo al que nos movemos hoy, las exigencias de la vida urbana y del trabajo, el borreguismo de la televisión –cada día más vergonzosa- de la prensa gratuita del metro, de la publicidad y del estereotipo nos produce un vacío interior que afecta a nuestra propia identidad: a lo que somos, no ya para el colectivo –que levante la mano al que le importe- sino para nosotros mismos, para aceptarnos y comprendernos; algo sin lo que me temo que es imposible ser feliz.

Y, ¿dónde quedo yo en todo esto? Pues… gran parte de ello debéis decidirlo vosotros. Sin embargo, yo apuntaría que el que me conoce diría de mí que soy bastante yo mismo, y bastante individual –único en mi especie, vamos- Que me siento rematadamente distinto de los demás, pero no por llevar maniáticamente la contraria, sino porque yo no busco la felicidad –mi felicidad- en los demás, ni en los objetos de los que me rodeo; que mi felicidad, si bien, como la de todos, está condicionada por el lugar que ocupo en la sociedad en la que vivo, no se basa en ello para ser o no ser. Sé bien lo que me gusta, y por qué me gusta. Sé –y es, quizás, más importante- lo que no me gusta, y por qué no me gusta y… aunque, como todos, a veces me desoriento en esta llanura de Ferres que nos toca recorrer, sé bien dónde voy: y es hacia adentro: no hay camino que lleve más hacia adelante, os lo aseguro.

Y para ello no hace falta quemar sujetadores, o proclamar no ver jamás la tele, o ir a la ópera, ni leer el Ulises para ser más intelectual, ni hay que militar en Greenpeace, ni gritar que el mundo se acaba, ni quemar iglesias y maldecir al Papa. Tampoco hay que asegurarse de tener un amigo homosexual para ser el adalid de la tolerancia, ni decir, con aire indignado, que Madonna es una frívola por comprar niños en África, no… Todas estas cosas se pueden hacer, claro está, si apetecen -¿a quién no le apetece maldecir a Ratzinger?- Pero hacerlas para salirse del mapa [o, mejor dicho: para que conste en acta que se quiere uno salir del mapa] es meterse en el mapa de lleno. Como le dijo Mafalda a Miguelito en una gloriosa viñeta del gran Quino: si no estás en las estadísticas de los que ven la tele, estás en las de los que no la ven.

Sed felices, ¡coño! De eso se trata. Sentid, pensad y mirad hacia adelante [y hacia adentro], de vez en cuando. Disfrutad de cada cosa y no esperéis al día siguiente para daros cuenta de que fuisteis felices haciéndola. Respirad, respirad hondo… cuando lo hagáis os veréis a vosotros mismos como siempre debisteis veros: como ese ser único y destacable que es como es, y le gusta: una manchita de un color único en un tremendo mar gris. La tesela, única e imprescindible, que hay en el centro de algún mosaico.

Cuidaos mucho, que sois el futuro.

lunes, 6 de agosto de 2007

Álamos...

La vida es tremendamente cruel. Cruel porque es rematadamente bella, pero extremadamente efímera y frágil.

Estoy desolado.

Tengo una amiga, 25 años, a la que han descubierto un linfoma inoperable de 13 centímetros entre ambos pulmones. Ella es inteligente, divertida y bellísima. Y está enamorada. Y acaba de echar a andar por esta senda ¿larga? para la que tanto y tan duramente nos preparamos todos, estudiando durante más de dos décadas, planificando una boda que anhela hace ya años, soñando, en fin, la vida que ahora se abría ante ella… Está llena de fe y no desfallece, aún después de que le hayan afeitado –ahimè- su rubia y larguísima melena. Es todo un ejemplo de ganas de vivir, y de cómo vivir. Y, aunque nos dicen que es posible que salga adelante, que responde bien al tratamiento, es muy posible que no viva mucho.

Decidme: ¿cómo se puede mantener la fe cuando la vida te golpea de semejante manera? ¿Cómo puedes, cuando estás ebrio de vida, cuando sientes intensamente, cuando todo te llena y finalmente respiras, asimilar que estás muriendo? No tengo respuesta. Sólo llanto. Mucho llanto. Y, aunque rezo, no estoy seguro de tener fe… porque no creo, en realidad, que vaya a reponerse.

Y yo, que os hablo de bobadas como mi silencio desvanecido, mi cansancio, ¡mi hastío!... ¿cómo puedo estar tan ciego? ¡Pero qué estúpido! Yo, que soy aún capaz de mirar adelante y esperar, yo que lloro aquí sentado, yo que vivo a raudales aunque en este pozo momentáneo a veces se me olvide, yo… ¿cómo puedo hablar de hastío? Yo, incluso así, incluso gris y plomado, siento amor sin estar enamorado, y respiro y me embriago de olor a tierra mojada y viento fresco bajo tormentas como la que ayer me tuvo despierto toda la noche, asomado a la ventana. Yo, que oigo música con sólo cerrar los ojos y encuentro en mil palabras el sosiego que me falta, yo… yo soy un bobo que olvida; un bobo que descuida su jardín y se oxida…

Perdonadme todos. Perdí la perspectiva. Y ahora, aunque sea a través del dolor de lo que adivinamos irreparable, recupero la intensidad de un sentimiento que me aferra a la vida. Nadie piense que es miedo de que me ocurra lo mismo, lo que me ocupa; no… Pero un dolor intenso, una punzada… el llanto, me recuerdan con violencia lo vivo que estoy, en realidad, bajo el moho… El dolor es también un ancla tremenda a la vida. ¡Lo inerte no tiene aflicciones!

Y me doy cuenta de que, el tiempo que estamos aquí es un tiempo en el que no deberíamos olvidar, ni tan siquiera un instante, precisamente eso: que estamos aquí, que somos, y que esto es un maravilloso y efímero regalo al que ofendemos al amputarnos la capacidad de sentir.

He sido necio… necio por olvidar, en todos los sentidos, esto que yo tenía tan bien aprendido –o quizá no tanto- No tenía –no tengo- derecho a olvidarme de que estoy vivo…

Permitidme, ahora, que llore mi llanto solo… os dejo los versos con los que Alberti tan lúcidamente pintó lo que yo quisiera poder escribir. Vosotros cuidaos mucho. ¡Más que nunca! sois, ¡y no sabéis cuánto!, el futuro.

Dejadme llorar a mares,
Largamente como los sauces.
Largamente y sin consuelo.
Podéis doleros…

Pero dejadme.

Los álamos carolinos
Podrán, si quieren, consolarme.
Vosotros… Como hace el viento…
Podéis doleros…

Pero dejadme.

domingo, 5 de agosto de 2007

Novedad...

Hola a todos.

He cambiado y mejorado el blog de fotos.

Espero que lo disfrutéis mejor ahora [aquéllos a los que interese, claro :-P]

LAS NUEVAS FOTOS DE LUDWIG

Cuidaos, que sois el futuro,

L.

Mejorando

“Stones taught me to fly,
Love taught me to lie,
Life taught me to die,
So it's not hard to fall
When you float like a cannonball”


Hay que independizarse. Definitivamente, emanciparse. Nunca desfallecer ante la adversidad, ni perder de vista que, en los momentos en los que todo se nos hace cuesta arriba, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.

Yo mismo olvido esta lección con frecuencia. Soy bastante cannonball, yo, en este sentido. Y me dejo caer, en ocasiones, y dejo que me penetre ese gris sentimiento de abulia que hace que no pueda oírse el silencio desde donde estoy sentado. ¿Recordáis que os dije que hace tiempo que no escuchaba el silencio? Pues… bueno: aún no lo oigo con total nitidez, pero creo que, desde que he vuelto de mis vacaciones a esta casa vacía, voy avanzando, entre versos, pucheros y alguna buena canción, hacia el punto del que nunca debí haberme alejado.

El otro día: el viernes, comí con un buen amigo al que, por desgracia, cada vez veo menos. Hablando con él, mientras degustábamos un sushi que, por una vez, me supo mal y a poco, me di cuenta, al intentar formular una buena respuesta al ¿qué tal te va? con el que, inocentemente, me atacó, de que no me falta nada, en realidad. Que tan sólo he perdido la motivación [y no es poco, ¡pardiez!, no es poco]. He perdido, como por desgaste, esa motivación con la que yo, siempre, tradicionalmente, me enfrento a todo. Ésa que no necesita justificar el hecho de pasarme el día haciendo cosas que me gustan y que resultan incomprensibles a la mayoría de las personas.

Cierto… Me vendría bien alguien que me leyera la Historia de O…


Nothing unusual, nothing strange
Close to nothing at all
The same old scenario, the same old rain
And there's no explosions here […]

Nothing unusual, nothing's changed
Just a little older that's all
You know when you've found it,
There's something I've learnt
'Cause you feel it when they take it away
Something unusual, something strange
Comes from nothing at all
But I'm not a miracle
And you're not a saint
Just another soldier
On the road to nowhere”


Pero ésa es tan solo una de las cosas que deseo para mí. Y no puedo dejar que desplace a las demás y las aniquile. No puedo dejar que se apodere de mí esta ridícula sensación de inapetencia. No puedo permitir que una carencia me seccione las ganas de vivir que habitan en cada pequeña cosa –mil olores, sabores, sonidos, palabras- a la que dedico mi tiempo.

También me he dado cuenta de otra cosa: desde hace algún tiempo, cuando me siento a escribir, es como si la tinta del bolígrafo se hubiera secado. Tampoco escribo versos. Y, ¿sabéis? He tomado conciencia de que no escribir me aparta de sentir. Me pasa un poco como a Imre Kertész –salvando las distancias- Y es que si no escribo, aunque sólo sean cuatro bobadas, me ahogo. Y sin embargo, se da la paradoja de que no soy capaz de escribir porque siento un ahogo que me lo impide…

¿Qué fue antes: el huevo, o la gallina?

Creo, en verdad, que lo primero fue dejar de escribir. Y después se me echó encima toda esta losa de pensamientos –de sentimientos- sin digerir. Porque yo digiero la vida poniéndola por escrito en páginas inacabables. Y todo se me junta en un bolo imposible cuando no me siento a escribir: me viene el silencio por medio de las palabras…

Pero he llegado a la conclusión –es más que un propósito: es como una certeza- de que tengo que sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante, sobreponiéndome a este ánimo gris que no me deja respirar el alma.

Con palabras de Montale puedo intentar pintaros lo que siento...

Non rifugiarti nell’ombra
Di quel foltò di verzura
Come il falchetto che strapiomba
Fulmineo nella caldura.

È ora di lasciare il canneto
Stento che pare s’addorma
E di guardare le forme
Della vita che si sgretola.

Ci muoviamo in un pulviscolo
Madreperlaceo che vibra,
In un barbaglio che invischia
Gli occhi e un poco ci sfibra.

Pure, lo sentí, nel gioco di aride onde
Che impigra in quest’ora di disagio
Non buttiamo già in gorgo senza fondo
Le nostre vite randage.

Come quella chiostra di rupi
Che sembra sfilaccicarsi
In ragnateli di nubi;
Tali i nostri animi arsi
In cui l’illusione brucia
Un fuoco di cenere
Si perdono nel sereno
Di una certeza: la luce.


Que viene a ser… aunque las traducciones de verso deberían estar prohibidas:

“No te refugies en la sombra
De aquella verde espesura
Como el pequeño halcón que desciende
Fulmíneo en el calor.

Es hora de dejar el cañaveral
Fatigado que parece adormecido
Y de mirar las formas
De la vida que se desmorona.

Nos movemos en un fino polvo
Nacarado que vibra,
En un fulgor que deslumbra
Los ojos y nos debilita un poco.

Sin embargo, lo sientes, en el juego de áridas ondas
Que mengua en esta hora de desazón
No arrojamos ya en un remolino sin fondo
Nuestras vidas vagabundas.

Como aquella cima rocosa
Que parece deshilacharse
En telarañas de nube;
Así nuestros ánimos ardientes
En los que la ilusión consume
Un fuego lleno de cenizas
Se pierden en la tranquilidad
De una certeza: la luz”


[La traducción es mía… perdonad las inexactitudes que podáis encontrar.]

No se me ocurren palabras mejores. ¿Por qué intentar reproducir torpemente lo que un genio dijo tan magistralmente?

Confío en poder mantener este ánimo, y no sucumbir, durante la dura semana que me espera en el trabajo. Ya os iré contando. Por lo pronto, procuraré escribir cada día, a ver si así voy viendo algo más cerca la luz que vislumbro al final de este túnel.

Vosotros, entre tanto, cuidaos, que sois el futuro.

viernes, 3 de agosto de 2007

Barrocazo... y desideratum

Hola, queridos.

He desempolvado, de entre mis muertecitos, un magnífico repertorio de conciertos para trompeta barrocos –entre los cuales uno, magnífico, del maese Händel- [para el que esté interesado, English Chamber Orchestra, Sir Charles Mackerras y, por supuesto, a la trompeta: Maurice André (no hay otro igual)] Hacía lo menos cinco años que no escuchaba este disco. Y hoy, recién entrado del trabajo –no veáis qué infierno de día he tenido- me he sentado aquí, en mi pequeño cubículo lleno de libros y discos, y he pensado instantáneamente en estos conciertos y en sus constantes y barroquísimas fugas, vivaces y furiosas. Una dosis de “barrocazo”, como digo yo, en plan Louis XIV; genial, desde cualquier punto de vista, con una bebida fresquita, como corresponde a estos cuarenta grados que hoy acompañan.

Apenas unos días para mi cumpleaños. Adiós a los veintiséis. Y amén, porque, la verdad sea dicha: han sido bastante birria. Empezaron, no diría yo que mal, pero de refilón. Han dado para mucho. Pero para mucho, mucho. De hecho, yo diría que los años cada vez dan para más [bueno, matizo: para más en algunos aspectos, para mucho menos en otros] Pero, de todo lo que han dado, si tuviera que mirar el remanente, me queda apenas un buen ascenso y una subida de sueldo. Que no es que me queje, ¡vive Dios!, pero es que ese tema era pescado vendido y estaba más claro que el día. Sopresa cero. Y, de todo lo demás: de todo en lo que yo había puesto un poquitito de ilusión –no digo ya de empeño- no hemos conseguido nada. Ni un poquitito.

Lo dicho: a ver si los veintisiete –que ¡mira que es feo el número!, ¡veintisiete!- dan para algo más. Alguna cosa más por la que reírme, y algún disgustito menos.

No, no... cierto: no he sufrido grandes desgracias. ¡Y toco madera! Sólo he tenido bastantes decepciones y más de una conversación desagradable que preferiría no tener que haber mantenido. No es material como para tener derecho a quejarse, me diréis. Y probablemente tengáis razón. Pero, ¡oye!, cada uno se queja de lo que le toca, y yo me quejo, precisamente, de que, cosas buenas, me tocan pocas, por no decir prácticamente ninguna. Y mirad que, a mí, para ser completamente feliz, me basta con cosas muy sencillitas...

Este nuevo año quiero que alguien me llame, de repente, para llevarme [nótese que digo llevarme, y no “ir” como acción conjunta, no: yo quiero que me lleven] a la ópera [¡o al ballet!], y luego a cenar, a un lugar especial y nuevo. Y que me cuiden un poquito y se preocupen por mí, aunque sólo sea un ratito. Quiero quedar a tomar café con alguien que sepa contarme un cuento, y me lo quiera contar despacito, como se cuentan los cuentos cuando cae la tarde, quedo, quedo... o quedar con alguien que me lleve a un lugar que le resulte especial, y me lo enseñe, en silencio, y sentarme a mirarlo, mientras se hace tarde... Y quiero que alguien me regale flores. ¿Por qué nadie nos regala flores a los hombres? Quiero dormir... y poder volver a asomarme a un Código Civil con una sensación que sea distinta al hastío. Quiero que suene el teléfono y, al otro lado, me hablen en francés con voz de mujer, y me canten, al oído, watch what happens, o my funny valentine o come fly with me o tantas otras. Además, para quien quiera cometer excesos, os comentaré que quiero también alguien que, de repente, me abrace como si fuera pequeño, y me haga sentir tranquilo y calentito. Quiero que alguien me haga una tarta y me la traiga, por sorpresa, un día cualquiera, sin nada que celebrar. Quiero, sobre todo, alguien que me haga reir como antes, a carcajadas, hasta que duela, y poder ponerle ilusión a algo –a lo que sea- desde el principio, como al principio, por tonto que sea.

No me malinterpretéis, ni os preocupéis, –de nuevo, os digo- que no estoy triste. Estoy, tan sólo, abúlico, y eso es ya suficientemente malo en sí mismo. Ganas de vivir no me faltan. Au contraire!. Lo que me falta no sé bien que es… igual es que me sobra algo.

Vosotros suidaos mucho, que sois el futuro.

jueves, 2 de agosto de 2007

Die Entdeckung der Langsamkeit....

Me duele un ojo. La verdad es que es bastante normal que me duela, aunque sólo sea porque tiene un color tirando a bermellón que preocupa. Y yo, que creo, quizás algo ingenuamente, que para estas cosas es mejor no forzar la vista, he aterrizado de mi viaje siciliano para dar con mis huesos en una revisión documental que quita el hipo y que va a pulverizar, no ya la jornada intensiva que yo me prometía tan feliz, sino también lo que me queda sano del ojo izquierdo. ¡Y yo con estos pelos!

Ya dijo Marisol –ahora Pepa Flores- que la vida es una tómbola. Yo, señores, desde aquí, dejo de comprar boletos porque, ¡madre mía!, me ha debido mirar un tuerto. Con este arranque de buena suerte que tengo desde hace unos seis meses, casi mejor me apeo de la burra, no vaya a ser que, descoyuntado como viajo ya por el destartalado trote de esta pollina, salga encima despedido de la grupa en una curva, y me cocee además la borrica después de dejarme, en la caída, los sesos estampados en un canto.

No, no, amigos. No exagero. Y ya saben, la mayoría, que lejos de ser andaluz, soy castellano, aunque de los simpáticos. Lo que pasa es que mi vida es cada vez más supercalifragilísticaexpialidosa. Tanto, pero ¡tanto! que hace tiempo que pienso con añoranza en Bruselas, soñando que allí –ay de mí- vivía mejor.

Y, hombre, mejor vivía, cierto es, en muchos aspectos; pero el que me conoce bien sabe que, a mí, los belgas, me ponen un poquito de los nervios, porque no acierto a entender de qué está hecho el serrín que llevan en la cabeza. Imagine pues, el lector, cómo de harto habré de estar de este giro de mi fortuna si ando melancólico de mis flamígeros y felizmente pretéritos tiempos.

¡Gran deporte español, éste de quejarse! Pero, ¿y lo que se ahorra uno en psiquiatra?

Ya ni Chopin me calma, ¡qué pena! Y este calor... este calor que le chupa a uno las fuerzas... hay que hacer verdaderos esfuerzos, en días como hoy, para mantener la moral al nivel que se necesita. ¡Ay, mi ojo! Con lo ricamente que estaría yo ahora, en un lugar fresquito, en París, en otoño, o en Buenos Aires mismamente, ahora que allá es invierno, y es un lugar que no conozco, dando un paseo; en silencio, o con alguien que me hable quedo y de nada demasiado mundano, que me hablase de las cosas del alma, despacito, un poco como le hablaba Rilke a Kappus.

Nada de papeles, nada de teléfonos. Sin calores y sin prisas. Una mano y el viento. Y los ojitos cerrados y, quizás, algo de lluvia fina. Así quizás me doliera también algo menos este ojo. Desde luego, me dolería menos el alma. Y eso ya sería mucho.

Vosotros cuidaos mucho, que sois el futuro.

miércoles, 1 de agosto de 2007

¿Quién me ha robado el mes de abril?

Hola a todos.

Perdonad la ausencia. Me fui de viaje. A Sicilia, una temporadita, que falta me hacía una pausa. La he recorrido entera y, creedme que es decir mucho, que la isla es tan grande como Bélgica, y hay mucho que ver. Y sí, he pasado calor bajo mi Stetson, pero he disfrutado mucho, comido bien y leído buenos libros. ¿La espina? Bueno: hay varias, pero la peor es no poder haber visto una de Rossini en el Teatro Massimo de Palermo; Sold out, those bloody tickets.

Y sigo. Sigo sin encontrar el silencio. No sé dónde lo dejé, la verdad; ni cuándo. Es cruel, además, este intervalo, porque a veces, fugazmente, lo escucho sin poder aferrarlo; lo siento en un momento, detrás de algún objeto, o agazapado en una nota sostenida, pero sin llegar a poder tocarlo. Aguzo el oído, y la vista, pero no me alcanzan… No. No sé qué pasó, ni cuándo, pero se me calló el silencio en algún punto.



Recuerdo oírlo latir, impetuoso, hace no mucho, apenas hace un año, encerrado en mi Fiat Punto, en la forma de las sublimes Façades de un Philip Glass glorioso, por los campos de Baviera, ocres de agosto en la retina; también a los pies de la imperiosa efigie de Smetana, a orillas del Moldava, mientras daba cuenta de un tonic&gin bien frío, asido a mi lapicero y mi cuaderno, el sol detrás de San Vito; en besos apagados también, más tarde, incluso si eran exentos los besos, o apócrifos –también existen esos besos, los apócrifos, y también en ellos hay, a veces, silencio a raudales-
No hace mucho, por tanto, de aquello. ¿Dónde se me quedó el silencio, si ya en Nubia no lo llevaba conmigo? Quiero poder oírme respirar, en el fondo. Poder mirar a una mujer como Antonio Dorigo miraba a Laide en el Teatro alla Scala, o a sus compañeras; sentirlo, sentir cada cosa como lo cuenta Buzzati, como lo sentía antes. Antes. Antes no sé muy bien de qué… Antes.



No me entendáis mal. No estoy triste. Es como si ni siquiera fuera capaz de estar triste [No quiero ver el Otello, por si no lloro. Y eso sería como amputarme algo tan mío como un dedo.] Con esto quiero decir que no necesito apoyo emocional, ni soulagement de ningún tipo. Es, sencillamente, como si se hubiese secado el río y me hiciera falta una buena e intensa estación de lluvia... Pero, ¡hey! Quizás después del chaparrón vuelva a oler a tierra mojada por aquí, y vuelva a oírse palpitar el suelo. Como veis, incluso así, mi vaso está, como siempre, medio lleno. No hay de qué preocuparse. Además: sigo rezando, y eso es buena señal. Mueve montañas, dicen.

Cuidaos mucho, que sois el futuro.