Supongo que, como las hojas, las personas somos únicas, y de mil tipos diferentes. No es lo mismo la espinosa y dura hoja de una encina, de un verde casi gris y una textura acartonada e inerte, que la frondosa y aromática hoja de una higuera en verano. Y es que, la morfología de cada hoja, como la de cada persona, depende del tipo de árbol del que provenga, de si ha recibido mucha o poca luz, de la edad del árbol y del grado de maduración de la propia hoja: de si envejece bien o mal –perennes, por desgracia, no somos ninguno- Además, si el árbol tuvo parásitos, o enfermedades, también se notará en la hoja y, claro, tampoco será lo mismo la hoja de un árbol de ciudad que la de un árbol de un bosque virgen…
Las personas somos, en este sentido, variados como las hojas: somos altos, bajos, guapos, feos, rubios, morenos o pelirrojos, pero también, y sobre todo: buenos o malos, sanos o envidiosos, grises o coloridos, finos o espesos, suaves o groseros, calmantes o urticantes, y un largo etcétera de apellidos más o menos botánicos, y no siempre ordenables en binomios contrapuestos.
Miles de millones de formas, colores y propiedades, además de la condición de cada uno, hacen que, muy probablemente, no haya dos hojas iguales, como no hay dos personas iguales o, por mucho que se diga, dos gotas de agua iguales. ¿Dónde quiero llegar, os preguntaréis? Pues a una aturullante reflexión: si somos todos tan distintos, ¿cómo es que nos sentimos todos iguales?, ¿de dónde sale esta masa de uniformidad gris?, ¿por qué esa rematadamente estúpida idea de agruparnos en tribus homogéneas, a fuerza de querer escapar, en una desesperada huida hacia adelante, de lo que podríamos llegar a ser si nos desarrolláramos? Tú eres punky, yo soy pijo, tú eres grunge y yo soy heavy y, estés en la tribu que estés, todos somos igual de grises e igual de cretinos… igual de heterogéneamente homogéneos... o igual de homogéneamente heterogéneos.
Veamos: quien pasease por un parque en otoño caminaría, probablemente –y sobre todo si vive en Bruselas, donde no recogen las hojas- sobre un magnífico tapiz de mil millones de tonos de amarillo, rojo y verde en el que la variedad de formas y tamaños resultaría, al observador minucioso, fascinantemente rica. Sin embargo, si nuestro incauto y distraído paseante resultase interpelado con un “amigo mío, ¿qué ve usted?”, éste respondería, sin duda alguna: “hojas, ¿por qué me lo pregunta?” Así, no sólo no sabría decirnos qué hojas, ni de qué colores, está viendo, sino que, además, el motivo de nuestra pregunta le resultaría curioso, por absolutamente irrelevante. Total, ¿a quién le puede importar lo que cada uno ve en un montón de hojas?
El caso es que lo inconsciente de esta idea penetra –ha penetrado- en el inconsciente colectivo humano. ¡En cada poro! No sólo buscamos nuestra identidad en colectivos más o menos homogéneos, de manera que podamos decirnos, la cabeza en la almohada, “yo soy tal, o yo soy cual”, sino que, para mayor tristeza, esto no nos ayuda en absoluto a encontrarnos –quizá, tan sólo, a algunos, a sentirse más seguros, menos a la merced de la pavorosa tormenta de la que os hablaba al principio-
Hay, en esta sociedad occidental en la que vivimos, con carácter general, una gran falta de valores, enormes cantidades de aburrimiento e irreflexión y, finalmente, montañas inmensas de insatisfacción. El ritmo al que nos movemos hoy, las exigencias de la vida urbana y del trabajo, el borreguismo de la televisión –cada día más vergonzosa- de la prensa gratuita del metro, de la publicidad y del estereotipo nos produce un vacío interior que afecta a nuestra propia identidad: a lo que somos, no ya para el colectivo –que levante la mano al que le importe- sino para nosotros mismos, para aceptarnos y comprendernos; algo sin lo que me temo que es imposible ser feliz.
Y, ¿dónde quedo yo en todo esto? Pues… gran parte de ello debéis decidirlo vosotros. Sin embargo, yo apuntaría que el que me conoce diría de mí que soy bastante yo mismo, y bastante individual –único en mi especie, vamos- Que me siento rematadamente distinto de los demás, pero no por llevar maniáticamente la contraria, sino porque yo no busco la felicidad –mi felicidad- en los demás, ni en los objetos de los que me rodeo; que mi felicidad, si bien, como la de todos, está condicionada por el lugar que ocupo en la sociedad en la que vivo, no se basa en ello para ser o no ser. Sé bien lo que me gusta, y por qué me gusta. Sé –y es, quizás, más importante- lo que no me gusta, y por qué no me gusta y… aunque, como todos, a veces me desoriento en esta llanura de Ferres que nos toca recorrer, sé bien dónde voy: y es hacia adentro: no hay camino que lleve más hacia adelante, os lo aseguro.
Y para ello no hace falta quemar sujetadores, o proclamar no ver jamás la tele, o ir a la ópera, ni leer el Ulises para ser más intelectual, ni hay que militar en Greenpeace, ni gritar que el mundo se acaba, ni quemar iglesias y maldecir al Papa. Tampoco hay que asegurarse de tener un amigo homosexual para ser el adalid de la tolerancia, ni decir, con aire indignado, que Madonna es una frívola por comprar niños en África, no… Todas estas cosas se pueden hacer, claro está, si apetecen -¿a quién no le apetece maldecir a Ratzinger?- Pero hacerlas para salirse del mapa [o, mejor dicho: para que conste en acta que se quiere uno salir del mapa] es meterse en el mapa de lleno. Como le dijo Mafalda a Miguelito en una gloriosa viñeta del gran Quino: si no estás en las estadísticas de los que ven la tele, estás en las de los que no la ven.
Sed felices, ¡coño! De eso se trata. Sentid, pensad y mirad hacia adelante [y hacia adentro], de vez en cuando. Disfrutad de cada cosa y no esperéis al día siguiente para daros cuenta de que fuisteis felices haciéndola. Respirad, respirad hondo… cuando lo hagáis os veréis a vosotros mismos como siempre debisteis veros: como ese ser único y destacable que es como es, y le gusta: una manchita de un color único en un tremendo mar gris. La tesela, única e imprescindible, que hay en el centro de algún mosaico.
Cuidaos mucho, que sois el futuro.

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